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Ruperta Pérez, referente de la comunidad Qom de Roullión al 4000, llegó a los 27 años a Rosario. Recuerda el monte y su Chaco natal con añoranza. Defiende la cultura qom, su lengua, sus costumbres y es por su preservación que lucha todos los días. 

Por Carina Toso para www.enredando.org.ar

Ruperta Pérez tuvo que aprender el idioma español de muy chica para poder terminar la escuela primaria. Y una de las palabras que aprendió fue desarraigo. La aprendió a decir y a sentir con el tiempo.

A los 27 años dejó el Impenetrable Chaqueño y llegó a Rosario en búsqueda de un nuevo destino. Era 1985. Su historia es la de muchos/as  indígenas que se vieron obligados/as  a dejar su tierra natal por el atropello sobre las comunidades por parte de “los blancos”, como ella los llama.

La vida en el monte se hacía cada vez más difícil, la mano de obra se iba reemplazando de a poco con máquinas, las tierras dejaron de pertenecer a los pueblos originarios de la zona  para transformarse en propiedad privada junto con las comunidades indígenas que las habitaban. Rosario fue el lugar que eligió para vivir.

Llegó al barrio Empalme Graneros y se instaló en Génova y Pasaje Chaco. Ahí vivió hasta el año 1991 cuando fue relocalizada por el municipio, junto a otros miembros de la comunidad, en la zona de Roullión al 4000, hoy asiento de una de las cuatro comunidades Qom de Rosario.

“Cuando llegué a Rosario vi otro mundo, otro lugar, otra gente, otra dinámica. Pero fue muy lindo, siempre me crucé con gente muy buena y amable. Una de las cosas que me costó mucho fue adaptarme a la vida alocada de la ciudad. Eso es algo que me llegó a enfermar, el stress que dicen hoy los médicos. ‘Estás estresada nena’ me dicen. Uno es un ser humano y necesitamos parar. Con el tiempo aprendí a manejar toda esa situación”, afirma Ruperta, quien hoy es la líder de la comunidad Qom y miembro de la Organización de Comunidades Aborígenes de Santa Fe (Ocastafe) cuyos principales ejes de lucha son la propiedad comunitaria de las tierras para los pueblos originarios y la conservación de su cultura, como el idioma.

“Ya en la ciudad no me quedé esperando nada, salí a buscar trabajo. Trabajé en casas de familia, empecé a hacer artesanías. Iba con un carrito a buscar hasta Circunvalación Totoras para hacer sombreros y bolsos, como acá no hay palma, que es lo usamos en el monte, conseguí otro material. Me capacité mucho para poder trabajar y eso me ayudó. Con el tiempo aprendí a coser a máquina y también la sé arreglar porque hice un curso. Así no tengo que llamar a nadie para que la repare”, dice mientras termina de coser el cierre de un bolso en uno de los salones del Centro Cultural el Obrador, donde todos los días va a hacer cestería y a enseñarle a los más chicos el arte del tejido.

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La vida en la comunidad

En Roullión al 4300, se instaló una de las comunidades Qom de Rosario. En 1991, la Municipalidad llevó adelante un proyecto de relocalización de poblaciones indígenas con un plan de viviendas.  Con los años el barrio fue creciendo. La vida urbana que se les proponía no estaba alineada con su forma de vivir en comunidad. La lucha por conservar sus costumbres y cultura fue y sigue siendo un trabajo de todos los días.

“Para nosotros la propiedad de la tierra es colectiva y tienen que ser comunitarias. Para la gente de la ciudad tiene otro significado. Ellos pueden comprar y vender cuando quieran o alquilar, nosotros no. Quisimos seguir en ese camino por las generaciones futuras, para que sepan cuáles son nuestros valores”, dice Ruperta, quien desde 1999 fue elegida como líder de esta comunidad para representarla ante los organismos oficiales en defensa de sus derechos.

Una de sus luchas es mantener viva su lengua originaria: la Qom l’aqtaqa, que significa lengua Qom. Y uno de sus logros fue que las escuelas del barrio sean bilingües. “De todas formas todavía son muchas las cosas que debemos conseguir. Sobre todo el tema de las tierras, las leyes están a nivel provincial y hay que avanzar”, afirma la líder Qom. El organismo santafesino encargado de hacer cumplir esa ley es el Instituto Provincial Aborigen (IPA), un espacio para que las comunidades y el gobierno debatan demandas como educación, salud, tierras y la preservación de las costumbres.

Para Ruperta las instituciones no son el modo de organización que representa a su pueblo. “No es nuestra forma de hacer las cosas a través de vecinales por ejemplo, no estamos acostumbrados a eso”, dice mientras explica que cuando hay que debatir temas importantes ella lo hace en una asamblea con un consejo al que les habla en Qom l’aqtaqa. “Tiene que haber una participación de los pueblos originarios en el diseño de la política de nuestro país, tiene que haber un indígena que nos represente. Es bueno que haya multiplicidad de culturas. La cultura es una de las herramientas principales para un pueblo, para un país”.

La deficiencia en los servicios  básicos sigue siendo un gran problema en esta zona de la ciudad. Una deuda pendiente que muestra el contrate entre los barrios y el centro de la ciudad: la ausencia de políticas que atiendan las necesidades de las comunidades y sus derechos vulnerados, como es, por ejemplo, el acceso al agua potable. Entre los reclamos, Ruperta señala la de contar con un medidor de luz comunitario, porque muchos no pueden pagar las facturas. Y la provisión de agua, que hasta hace poco los veranos pasaban entre camiones hidrantes que iban y venían. “Ahora tenemos una red instalada pero no funciona, no tenemos presión”, dice.

Los orígenes de los valores

La sonrisa se le pinta en su cara cuando habla del monte y de su familia, que resistió y se quedó “allá arriba, en el Chaco, cerca de la triple frontera”. Una o dos veces por mes Ruperta viaja a visitarlos. “A los más grandes les cuesta mucho tomar la decisión de irse. Es un gran desarraigo. Siempre agradezco que no se hayan movido de ahí. Todo lo que tenemos fue una conquista a través de los dirigentes que se fueron organizando para obtener la tenencia de las tierras. Durante mucho tiempo, los gobiernos vendían esas tierras con comunidades adentro en muchas zonas”, dice.

El papá de Ruperta tiene 87 años y su mamá 82. “Viven en el monte, están en otro mundo.  Cuando voy me relajo mucho. Siempre tengo la necesidad de volver, quizás cuando me jubile regrese a vivir allá”.

En su mente regresa a su infancia y recuerda cuando salió por primera vez del monte para ir a la escuela. Tenía 7 años. Su familia hizo un gran esfuerzo para que ella y sus hermanos aprendieran a leer y a escribir. La escuela quedaba a varias horas a caballo. Con sol o con lluvia hacían ese trayecto, cada día. La salida era a las cinco de la mañana. Ruperta tardó un año en aprender a hablar español, reconocer las palabras y las letras. De aquellos tiempos también recuerda los valores que su padre le enseñó: “Mi papá compraba el lápiz negro y lo dividía en tres pedazos. Lo teníamos que cuidar. No era por carencia, era parte de la educación que nos dio, que le demos valor de las cosas. Siempre reconozco eso. Ese lápiz era un valor que teníamos que cuidar”.

Cuando llegaba la época de cosechas toda la familia viajaba a otras zonas para trabajar. Pero Ruperta y sus hermanos no dejaron durante esos meses de ir a la escuela porque su padre se ocupaba de que pudieran asistir al establecimiento más cercano de donde estaban. “Así hice toda la primaria. Un gran esfuerzo. Más tarde, hice la secundaria la hice en Castelli, que estaba a 60 kilómetros. Nos íbamos domingo a la tarde y volvíamos los viernes a la noche. Así fue mi niñez”.

Otra de las figuras fuertes en su familia fue su abuelo. Se llamaba Rogoi, era el Piogoná (médico chamán) y líder de la comunidad. “Para ser líder de una comunidad no se estudia ni se nace, sino que se educa y también se traspasa el poder espiritual y eso lo hace el Piogoná. Se pasa a alguien de la familia que ve cómo el más capaz. Mi abuelo me lo pasó a mí. A él se lo pasa su padre. Se transmite a través de la oralidad, es un legado. Es un compromiso y una obligación. Yo tengo que hacer lo mismo y ya sé quién va a ser”.

Todo lo  que aprendió Ruperta de su padre y su abuelo, “dos grandes luchadores” según ella, sigue vigente en su hacer de cada día. Para ella es imprescindible darle herramientas a las nuevas generaciones, conocimiento y la posibilidad de abrir su propio camino. Los tiempos que corren, para la líder Qom, son oscuros y le preocupa cómo la sociedad se está relacionando en esta selva de cemento. “Veo mucha mezquindad, agresividad, violencia. En todos los ámbitos, desde lo político hasta el de más abajo. Con abajo me refiero a nosotros en este espacio. A mí no me afecta porque tengo presente todo lo que me enseñaron mis padres. Y cuando escucho los noticieros, veo que sólo se intenta generar conflicto, eso hace mal. Cómo vamos a educar a una generación así. No sé. Veo muy mal a la sociedad. Hasta donde hemos llegados con estar enfrentados por nuestros representantes, no lo llego a entender. Y cuando mirás para abajo y ves gente que tiene sus casas con agua, las camas mojadas y que no pueden dormir a la noche, cuando no pueden dar ni siquiera un desayuno, menos un almuerzo, menos una merienda, menos una cena. Sería bueno que cuidemos lo que tenemos. Tengo la esperanza de que esto mejore”.

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