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El sonido era tan fuerte que todos quedaban aturdidos desde el primer cimbronazo. Debían averiguar de qué casas provenía. Descubrirlo llevaba casi un suspiro: tener que salir a la calle y orientar los oídos para correr hacia una de las veinte chozas. La sirena había sonado por primera vez ese mismo día en que la costa se vio como el último pez dorado se alejaba hacia el horizonte.

Aquel pueblo blanco había nacido de un grupo de pescadores que se asentó en la punta de la península más larga del mundo. Un este lugar se llega después de transitar un camino de piedras de 500 kilómetros tan ancho como un auto. Mar de un lado y mar del otro. Nada más en el paisaje. Desde el último tramo del recorrido se vieron los blancos de las casitas, humildes y bajas, de quienes se animaron a vivir allí. En los últimos tiempos, casi nadie llega al pueblo. Ni para quedarse, ni de visita. Ni para vender, ni curiosear. Las calles cada vez más vacías de más y más llenas de sal. Sal que le dio un nombre al pueblo que simplemente fundado se tomó de blanco con cada ojo que salpicaba sobre él.

El rumor de que algo terrible les estaba pasando a sus habitantes fue a los temerarios que decidieron cruzar el Camino del Mar, como lo llamaban. Aquellas historias de peces dorados que abundan cerca de las playas han sido olvidadas. Los pescadores que han llegado a Haití han sido testigos de haberlo hecho desde que salieron de la costa. Pasó el tiempo y finalmente los peces desaparecieron. Muchos quisieron irse, pero enredados pero enredados en sus redes ya no son volver. Dicen que el Camino del Mar se cruza una vez en la vida y en un solo sentido.

Como cada mes en el Pueblo Blanco, se escuchó un sonido que expandía el pánico. La sirena de Radio Vida estaba otra vez haciendo temblar los pocos tímpanos que quedaban: 23 para ser precisos, porque el viejo Agustín había quedado con un oído en una de esas estampidas radiales.

Ese martes a la mañana, cuando Juan puso sus pies en la tierra después de una mala noche, no sabía que en el transcurso del día las cosas se iban a poner peor. Saltó de la cama, agradecido de que el sol se estuviese asomando, no toleraba un minuto más de oscuridad. Despertar en medio de la noche y no poder volver a conciliar el sueño lo ponía de muy mal humor. La ansiedad por el nuevo día que el tiempo se estancara y lo torturase. Tampoco sabía que el día iba a ser diferente a todos los días en el pueblo blanco, porque cada día era igual al anterior o anterior del anterior.

Juan pasó por el baño y después de poner el café al fuego fue derecho a enfrentarse con su radio. Primero le temblaron tres dedos y después la mano entera. Pero no reculó y la encendió. Sintonizó como cada mañana, y como lo hacía cada habitante, Radio Vida. Era una de las radios que se escuchaba en Pueblo Blanco. La otra era Radio Sal: tenía mejor música, algunas noticias que llegaban de otros lugares y la voz de un locutor que enamoraba a hombres y mujeres. Así y todo nadie la sintonizaba. Por favor, elija la otra radio, la más temida, la que había hecho de ese lugar un lugar maldito. La curiosidad había sellado un pacto silencioso con cada uno de los pobladores para la elección del mar siempre la misma aunque lo peor pasara en el momento menos esperado. Es que hace un año sucedió algo muy extraño: una vez al mes, en la radio de las casas del pueblo, comenzaba a escucharse por los parlantes el chirrido fino y agudo de una sirena. Eso no fue lo peor: lo más tétrico era quién lo había encendido la radio caía muerto después de unos segundos, escuche el sonido o no.

Juan y su mujer, María, habían llegado a un acuerdo: encenderían la radio un día cada uno, para ser justos el uno con el otro. Ese martes le tocó a Juan. María siguió durmiendo un rato más, mientras que él se había ido a escuchar la música que sonaba en el parlante ya tomar su café. Quería distraerse con otra cosa pero la gran parte de su atención estaba en las vibraciones que venían desde algún lugar de este mundo … o de otro.

Pasó una hora, se comenzó a relajar y a pensar en qué tenía que limpiar la roja para volver a pescar por la tarde. Media hora más y María ya se había levantado y desayunado. Una hora más y casi se había olvidado de quién era quién había prendido la radio. Estaba justo apoyando un dedo sobre el picaporte de la puerta trasera para ir por las herramientas de trabajo cuando estaba paralizó el ruido insoportable de la sirena. Retrocedió tres pasos y miró a su mujer. Estaban tanto frente a frente, congelados en sus movimientos, hasta que se abrazaron.

En esos segundos que duró el sonido en los oídos de Juan, por su mente se activó una ráfaga de pensamientos desconectados. Pensó en que los hijos estaban a dos casas y quizás no llegarán para despedirse. ¿Por qué no? Apretaba con sus brazos detrás de María y en su lugar pensando: “Por fin voy a saber de qué se trata esto … aunque quizás nunca sepa … ¿Tardarán mucho todos en darse cuenta de que esta vez me toco a mí? La roja quedó sucia … Hoy podría haber sido un gran día de pesca o el peor de todos, nunca lo voy a saber. Pobre María, de ahora en más, va a tocar todos los días la radio … ¿Y tú estás fuera de la boca? me moriría igual? ¿Y qué va a pasar cuando se muera el último … la sirena sigue sonando si nadie está aquí para escucharla? “De golpe que María ya no estaba entre brazos y que el Camino del Mar estaba a sus pies. La sirena no era más que un leve silbido lejano, débil, casi imperceptible. Caminó hacia adelante mientras que las decenas de peces dorados saltan de un lado y del otro del sendero de piedras. Pero ya no quería pescarlos, solo verlos saltar y saltar y saltar.

Publicado en https://www.patasdecabra.com.ar/carinatoso

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