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Los libros de ciencia ficción se escaparon aparatos, tecnología y fantasías que hoy son palpables partes de la vida de todos. Hologramas, realidades virtuales, computadoras o sistemas de vigilancias que hoy son conocidos por todos, formaron parte de relatos fantásticos de décadas atrás.

Cuando el mes pasado la figura tridimensional del rapero estadounidense Tupac emergió del piso del escenario del festival de música de Coachella, en California, las reacciones de su público se dividieron entre asombro, horror y desconcierto, según ellos mismos lo expresaron en las redes sociales. Es que este joven, una de las principales figuras del rap de la década del ’90, fue asesinado en 1996 de varios disparos en Las Vegas. Gracias a un holograma lograron ponerlo frente a miles de personas para que vuelva a interpretar sus hits. Ahí estaban Morel y su invención. Salvando las distancias, la máquina que describió Adolfo Bioy Casares en su libro en 1940 estaba sobre ese escenario.

Como este, son muchos los artefactos, elementos, costumbres y avatares de la tecnología que se escaparon de los libros de literatura de ficción escritos décadas atrás y se instalaron en la vida cotidiana. Fantasmas pensados para un futuro. Autómatas con vida propia, cuerpos con extensiones artificiales, máquinas fantásticas, sociedades casi perfectas y la superposición del espacio tiempo.

¿Cómo la arquitectura, el diseño, a organización social, las formas culturales, adoptan los argumentos de la literatura?.¿De qué manera las fantasías y alucinaciones expresadas en los relatos de ficción del pasado retornan en el presente como los paradigmas dominantes del discurso tecno-científico?. “Los aparatos ocupan hoy un lugar central en la vida de los hombres. Casi todo acto que realizamos durante el día esta mediado por algún artefacto. Es lógico que los escritores hayan dirigido su imaginación a pensar que pasa cuando los objetos se rebelan y cobran vida”, afirmó, como para de las respuestas a estos interrogantes, Martín Groisman, investigador en medios audiovisuales y sistemas interactivos, doncente de la UBA y profesor de la carrera de Artes Multimediales del IUNA.

En La invención de Morel, Bioy Casares cuenta como Morel crea una máquina para captar la esencia de las personas y eternizarlas virtualmente. El aparato se registras tanto la imagen, como voces, vibraciones, sensaciones, y reproduce a estas personas en sus últimos días de vida tridimensionalmente. “Les he dado una eternidad agradable”, les explica Morel a sus amigos. “Esa idea de proyectos de imágenes tridimensionales en un espacio real, sin pantallas era muy avanzada para la época”, explicó Groisman y agregó: “Todos los medios de registros y reproducción son medios para eternizar lo captado. Acá todos quedan atrapados en el aparato de Morel, en una realidad virtual, a pesar de sus muertes”.

Los libros que se pueden citar en este sentido son 1984 de George Orwell, Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas de Philip K. Dick, Fahrenheit 451 del escritor estadounidense Ray Bradbury y El Aleph de Jorge Luis Borges. A través de ellos se puede hacer una lectura transversal de la relación realidad-ficción para llegar a la conclusión de que muchas de estas historias llevan a lo que hoy vive la sociedad.

Orwell escribió 1984 entre 1947 y 1948, y fue publicada un año después. Esta novela habla de una sociedad vigilada las 24 horas del día por un Gran Hermano que todo lo ve y lo controla. Nadie escapa a su mirada y por lo tanto a las reglas impuestas por el sistema. “La lectura de estos textos nos da descripciones que responden a lo que estamos viviendo hoy en día. Teniendo en cuenta el contexto en que fueron escritos parecieran ser una advertencia de cómo puede degenerar una sociedad”, reflexionó Groisman.

Esta idea de sociedad vigilada, además de haberse trasladado a un programa de televisión como Gran Hermano donde los participantes se exponen durante todo el día a los espectadores, también llegó a las calles de las grandes ciudades, a los edificios, con las cámaras de vigilancia que hoy funcionan en pos de generar espacios seguros. Todo lo que pasa en esas zonas es registrado, controlado y chequeado. También el teléfono 3G a través del cual uno puede informar todo el tiempo cuál es su posición, en dónde está. Esa especie de violación del espacio privado está adelantado en 1984.

“En ese momento era difícil pensar que esa historia podía estar hablando de elementos o artefactos que iban a ser de uso masivo en el futuro. Una telepantalla que transmite las 24 horas la palabra de ese Gran Hermano y además captaba todas las acciones de una persona se puede comparar hoy  con cualquier computadora con una webcam que puede hacer exactamente lo mismo”, dijo Groisman.

Pero para el investigador otro de los conceptos que es interesante de analizar en esta novela es el de neolengua: “En esta ficción hay personas que editan y reeditan libros como periódicos modificando el presente y el pasado según le conviene al sistema. Esta reedición de textos está hoy anclada en los diarios online en donde sobre la marcha se puede cambiar la noticia según va sucediendo, también son textos que se editan permanentemente”.

Este lenguaje termina por eliminar “la metáfora, la visión poética de las cosas con el objetivo de reducir el campo de pensamiento, por ejemplo hoy Twitter es una versión de esa neolengua, porque su propuesta es que alguien diga con solamente 140 caracteres lo que piensa o está haciendo. La neolengua no tiene pros ni contras. El twitter tampoco. En la novela 1984 está bien explicado este mecanismo de control social que consiste en la reducción del campo del lenguaje a unos pocos caracteres. Achicar el lenguaje para achicar los pensamientos. Al comunicar todo, todo el tiempo, se logra suspender el tiempo en un presente continuo, dejando de lado los recuerdos del pasado y los proyectos del futuro. Esta es la tiranía del tiempo real, la actualización compulsiva. Pensar en nada”.

Este concepto de pensar en nada también se repite en Fahrenheit 451 escrito en 1953 que tiene como protagonista a un bombero encargado de quemar los libros por orden del gobierno que considera que leer impide ser felices porque llena de angustia, que al leer los hombres empiezan a ser diferentes cuando deben ser iguales. El objetivo de las autoridades es entonces velar por que los ciudadanos sean felices para que así no cuestionen sus acciones y los ciudadanos rindan en sus labores.

Al principio el protagonista es una persona que disfruta de su trabajo aunque se percibe que algo le pasa. El contexto cotidiano en el que se mueve es muy parecido al de hoy en relación a prácticas y dispositivos. Por ejemplo la televisión que tienen en sus casas que ocupan tres paredes, como envolviendo al espectador, tienen un sistema de cerradura con un guante blanco que tomaba las huellas digitales y unos aparatos para los oídos “para el paso del tiempo”, lo que hoy es el auricular.

“La inteligencia artificial está aplicada a objetos electrónicos que prácticamente suplantan al ser humano en sus tareas diarias en la historia. Pero hoy no es muy diferente porque hay personas que si no tienen el GPS en el auto no saben para donde van”, afirmó Groisman pero agregó: “No es una cuestión de oponerse a los aparatos sino de analizar el uso que se le da. Hoy cada vez más interfieren en las relaciones entre las personas, el celular por ejemplo hace que en un grupo a pesar de estar reunidos en una mesa cada uno está con su aparato y eso significa que lo importante está sucediendo en otro lugar, no en esa reunión”.

La persecución que se da en Fahrenheit 451 con la quema de libros, es para el docente comparable con la Ley Sopa (Stop Online Piracy Act),un proyecto de ley introducido en la Cámara de Representantes de Estados Unidos con el objetivo de ampliar las capacidades de los propietarios de derechos intelectuales para supuestamente combatir el tráfico de contenidos en internet y productos protegidos por derechos de autor o por la propiedad intelectual.

“Se restringe el acceso a la música, a los libros digitales, a mucha más información. Quieren que no se piense, que no se lea. Es un tema de libertad civil y que tiene que estar incluido en la agenda política y no solamente analizarse desde el punto de vista del derecho de autor”, afirmó.

Los libros y comparaciones forman una lista muy larga: Dick con sus androides y ovejas eléctricas, habla de un órgano de ánimo, el pendfield, que con sólo marcar un número se obtiene el estado de ánimo deseado, fácil de comparar hoy con las compras y ofertas que con un “llame ya” abren las puertas a objetos deseados aunque quizás inútiles; o Borges con libros como El Aleph o cuentos como El jardín de los senderos que se bifurcan, donde adelantó el discurso no lineal y el lenguaje hipertextual que hoy ofrece internet.

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