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“Mi historia comienza mucho antes de que yo naciera”, dice Gustavo López Torres, hijo de desaparecidos. Hace 40 años atrás, con una dictadura cívico-militar tomando el poder, su futuro estaba siendo marcado. Cuando nació, sus padres ya estaban viviendo en la clandestinidad. Esta es una historia de vida, de búsqueda y de lucha, como muchas otras que se dan a lo largo y ancho de país.

Por Carina Toso para www.enredando.org.ar

Muchos años después Gustavo entendería el significado de uno de sus primeros recuerdos de toda su vida. Le iba a llevar tiempo darle forma y contenido a esa escena que por años dio vueltas en su cabeza: él y su hermano Diego paraditos en algún lugar del cementerio municipal de Santa Fe. Esperando. Es que le habían dicho que su mamá los iba a ver allí pero que tenían que estar ellos dos, solos.

Recuerda que su abuela le había puesto cartas y dinero en sus bolsillos. Les dijo que se lo tenían que dar a su mamá cuando llegue. Pasó un rato. Nada. Pasó mucho tiempo más pero no llegó. Gustavo no sintió miedo. Sintió ansiedad y esperanza por ver a su madre a quien ni siquiera recordaba.

Durante años guardó esas imágenes en su memoria para después, poder entender. A medida que fue creciendo le fueron contando. Poco a poco, como un gran rompecabezas, su historia se iría armando pieza por pieza.

Ese recuerdo era de un día del año 1981. Su abuelo materno había muerto y lo iban a enterrar en el cementerio municipal de Santa Fe. Lo que no sabía Gustavo en ese momento, y tampoco Diego, es que su abuela había recibido un llamado telefónico en el que le decían que su hija, Graciela Susana Capocetti, desaparecida desde el año 1977, iba a ir a ver a sus hijos al cementerio, siempre y cuando ellos estén solos. La llamada fue anónima y no tardarían mucho en darse cuenta que también había sido una mentira. Una jugada amarga. Una de las tantas que la familia afrontaría a lo largo de los años.

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Gustavo López Torres es hijo de desaparecidos. “Mi historia comienza mucho antes de que yo naciera”, afirma. Sus padres eran militantes montoneros. Vivían en Santa Fe. Guillermo Ángel López Torres era estudiante de abogacía y su mamá, Graciela Susana Capoccetti, estudiaba Letras. Se conocieron en esa época de estudiantes en la Universidad Católica. Juntos comenzaron a militar en la Acción Católica hasta que se unieron a la Juventud Peronista y a Montoneros.  En el ’73 se casaron. Un año después nació Diego, hermano mayor de Gustavo, y decidieron mudarse a Paraná. El hecho de militar en Montoneros ya los había puesto en alerta. Tanto que una tarde, mientras Guillermo le estaba enseñando a manejar a Graciela, los paró la policía y les pidió los documentos. Se los dieron. Les pidió los papeles del auto. No los tenían. El policía les dijo que lo acompañen hasta la comisaría. “Estaciono y me bajo”, le respondió Guillermo. Y en una maniobra arrancó y se fue. Desde ese momento quedaron en la lista de buscados  y sin documentos.

Vivieron tres meses en la casa de un familiar en Guadalupe hasta que recibieron la orden de la organización de trasladarse a Rosario. Para entonces, era fines de 1975. Consiguieron una casa en Bv. Segui y Vera Mujica y un pase directo a la clandestinidad: Guillermo fue desde ese momento Carlos Franco, le decían el Indio, y Graciela pasó a llamarse Elena.

“Yo nací en el ’76, en el Hospital Provincial de Rosario. Una de las anécdotas que me contó mi tía, hermana de mi papá, es que mi viejo llegó al hospital con un bolso con ropa. Mi vieja se cambió, como si fuera una visita, me metieron adentro del bolso y se fueron, como si terminaran de visitar a un familiar. De esa forma no me tuvieron que registrar ni dar a conocer su verdadera identidad”, relata Gustavo.

Así, se convirtió en uno de los tantos niños a los que la dictadura cívico-militar les marcó un camino a transitar de por vida: crecer entre dudas, entender la palabra desaparecido como parte de ellos mismos, perder a sus padres, buscar a un hermano o hermana que podría haber nacido mientras su madre estaba en cautiverio, luchar, reconstruir su historia, volver a luchar por su derechos y los de todos.

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La pareja y sus dos hijos, vivieron un año en Rosario. “Mi papá empezó a trabajar de albañil y su vecino era su ayudante.  El 18 de agosto de 1977, bien temprano, lo fue a buscar y mi papá le dijo que él se adelante porque tenía la bicicleta rota. El chico miró la bicicleta para ver si estaba pinchada o algo, pero ve que estaba todo bien. Pensó que quizás tenía algún problema con la mujer o algo de ese estilo y se fue”, dice Gustavo y aclara que todo esto se lo contó el ayudante de su papá, muchos años después. Supone que su padre algo sabía de lo que estaba por pasar. Quizás ya tenía información de que podían encontrarlo.

Todavía no eran las ocho de la mañana. Guillermo agarró la bicicleta para salir pero cuando llegó a la calle se encontró con varios camiones del Ejército. Intentó volver pero le dieron la voz de alto y un disparo mortal al mismo tiempo. “Los vecinos vieron como lo metieron en un auto. A mi vieja, que estaba embarazada de cinco o seis meses, la subieron al mismo auto. A mi hermano y a mí nos llevaron en otro vehículo”.

Graciela alcanzó a esbozar una explicación para Diego: “Voy a comprar zapatillas al centro con la policía, vuelvo enseguida. Cuidá a tu hermano y no te separes de él”.

“Desde ese día no los volvimos a ver nunca más”, dice Gustavo.

– ¿Tenés recuerdos de tus viejos?

– No, la verdad que no, no tengo ningún recuerdo. Yo tenía un año en ese momento.

– ¿En qué crees que te pudo haber cambiado la vida el hecho de haber pasado de muy chico por estas situaciones?

– Estas situaciones son parte de mi vida, es mi historia, y no veo mi vida de otra forma.

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Gustavo y Diego fueron trasladados a un Juzgado de Menores en Rosario. Estuvieron ahí unos tres días. “Una de las policías que trabajaba en ese lugar vio que me había salido un sarpullido en la cabeza y como su marido era médico me llevó a su casa para que me revise. Mientras que otra policía decidió hacer lo mismo con mi hermano y se lo llevó a su casa, supongo que deben haber pensado que no era un lugar para nosotros”, explica Gustavo. Fueron tres meses los que vivieron los hermanos López Torres en los hogares de estas mujeres.

Los tres añitos de Diego le sobraron para reclamar aquello que su madre le había pedido la última vez que la vio: que cuide a su hermano más chico. Por eso pedía todo el tiempo ver a Gustavo, por lo que las mujeres decidieron que los chicos se visitaran asiduamente.

“El 15 de noviembre de ese año salió en el diario El Litoral de Santa Fe y en La Capital de Rosario, un aviso con nuestras fotos que decía que habíamos sido dejados en la vía pública y que si algún familiar nos reconocía que nos busquen en el Juzgado. Ese mismo día, mi abuela materna y mi abuelo paterno fueron a buscarnos”, cuenta Gustavo. “Cuando me dijeron que éramos hijos de desaparecidos, en mi mente eso representaba que no estaban, no sabía darle significado a la palabra, no entendía que era un desaparecido, pensaba que iban a volver”, agrega.

Ya con su familia, a medida que pasaban los años, Gustavo se acostumbró a decirle papá a su abuelo y mamá a su abuela. Se preguntaba por qué eran mayores que los padres de sus amigos. Tampoco entendía por qué una de sus maestras de primaria –iba a una escuela católica- le hacía rezar para que sus padres aparecieran. “No terminaba de entender. Sabía que no estaban, pero cuando me preguntaban no sabía que decir porque no estaban ni muertos ni sabía dónde estaban”.

Al mismo tiempo lidiaba con los comentarios de sus compañeros que le decían que era “hijo de terroristas”, con los consejos de sus docentes que les recomendaban a sus abuelos que lo vigilen de cerca por “su situación”. Puertas adentro de la casa tampoco fue fácil para Gustavo contar con los datos necesarios para construir su historia. Su abuelo paterno era militar retirado. “Fue difícil la niñez con mi abuelo. Nunca nos dijo nada, era muy cerrado, nunca se habló del tema, ni para mal ni para bien. Yo estoy totalmente agradecido porque nos crio. En 1999, cuando él muere, mi abuela me empieza a contar algunas cosas. Algo que siempre me hacía dudar era que mi abuelo al ser militar no había hecho mucho por su hijo. Gracias a Dios, cuando mi abuela me empieza mostrar documentos y cartas, veo un montón de Habeas Corpus que él le había escrito a Videla y a altos militares, desde su posición de retirado, pidiendo por su hijo y por su nuera embarazada. Eso me dejó mucho más tranquilo”.

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gustavo con abuelas

Con un panorama más claro y con mucha información nueva, Gustavo logró abrir en el año 2003 una causa judicial en Rosario por la desaparición de sus padres y también abrió la búsqueda de su hermano o hermana que podría haber nacido meses después de que se llevaran a su madre. “Empezaron a aparecer datos que no tenía. Uno de ellos es que mi vieja realmente estaba embarazada de seis meses”, asegura. Algunos datos llevaron a hacer una prueba de ADN con una joven pero el resultado fue negativo.

-¿Cómo es transitar este camino de búsqueda?

– A mí me ayuda mucho mi familia, mi mujer y mis hijos. Hoy que a nuestros viejos se los reivindique ante la sociedad es un orgullo y una tranquilidad para mis hijos de que sus abuelos hayan dado la vida por sus ideales, por un país para todos. Eso es lo que nos da fuerza para seguir buscando y militando, teniendo la esperanza todos los días de encontrar a nuestro hermano o hermana apropiado.

– ¿A través de lo que te contaron, cómo podrías describir a tus padres?

– Yo no tuve la suerte de disfrutarlos, pero por lo que me contaron, mi viejo era una persona muy bondadosa. Mi abuela una vez le hizo un pulóver y al otro día se lo había regalado a un pibe porque vio que tenía frío. Yo creo que para luchar como lucharon y dar su vida por todo esto, y por nosotros, creo que eran personas especiales. De mi vieja me dijeron que era brava, con un carácter bastante especial, que estaba muy convencida de lo que hacía. Eran personas alegres, con muchas ganas de vivir y de hacer cosas por esta Argentina. Y creo que lo hicieron. Por eso seguimos buscando, esto es una lucha de toda la vida.

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